Claridades

...Quienes dan de beber claridad /



ante mí
cualquier vacío
es comienzo de claridad


* * *


invítame a decir

lo que olvidé

descifrar

saber

lo oculto

el canto antiguo

moviendo

su luz

en las esquinas

nombrando orillas

en su boca

llámame cántaro

pájaro blanco

bajo el cielo





Harry Almela


Y si así, sin palabras, consiguieras nombrar

aquel algo remoto que desde siempre te impregna

tal vez conseguirías que quedara de ti,

no ya huella, sino destello: breve luz de luciérnaga

N. Gorbaniewska, "Still am Meer"




                                                                                                               Sombra y noche es el silencio; / día de luz, la palabra
Constantino Cavafis







En el fondo, un poema no es algo que se ve, sino la luz que nos permite ver. Y lo que vemos es la vida 

Robert Penn Warren 


Aquel que veo en mis ojos viéndome

Pájaro sin hojas


Su vuelo fijo

es la única sabana


Tengo su altura en la erosión


Me elige a mí

para la queja


Mi entrega es su grito


* * *


SALIDA


Empujamos el cuerpo

despidiéndonos


Decir adiós 

como yerba


Esa costumbre de sequía


* * *


DECÍAS


Dime que me fuí como te dije

para que no me vieran por dentro


Dime que fue así,

ahora que no puedo oirte desde bien distante

Que no se supo nada por el mal tiempo,

los truenos


Lo que decía yéndome


Diles eso, que ya no vivo aquí

que me mudé unas casas mas abajo.



Luis Alberto Crespo

  (En lugar del resplandor / Antología poética)


Somaris

Gustavo Pereira

Fotos de los poemas Emilia Lee / En la isla de Margarita


Poeta


-¿Por qué entonces es necesario el poeta?

-Se trata de algo extraño. Nunca se ha leído mucha poesía, pero ella siempre ha existido a lo largo de los siglos. Debe de haber en el ser humano una profunda necesidad de ese hacer aparentemente prescindible, y quien lo realiza es esa persona que llamamos poeta.

Rafael Cadenas, en entrevista con Humberto Sánchez a propósito de la publicación de su libro Contestaciones





ARS POÉTICA

Que cada palabra lleve lo que dice.

Que sea como el temblor que la sostiene.

Que se mantenga como un latido.

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa
ni añadir brillos a lo que es.

Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.

Seamos reales.

Quiero exactitudes aterradoras.

Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis palabras.
Me poseen tanto como yo a ellas.

Si no veo bien, dime tú, tú, que me conoces, mi mentira, señálame la impostura,
restriégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.

Enloquezco por corresponderme.

Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.


Rafael Cadenas, Obra entera (1958-1995), Editorial Pre-Textos


* * *


Vida arrásame,

barre todo,

que sólo quede la cáscara vacía,

para no llenarla más,

limpia, limpia sin escrúpulo

y cuanto sostuviste deja caer

sin guardar más.





Sobre la Luz...



Nosotros suponemos ver demasiado claro,
estamos aferrados a una conciencia diurna
que aclara contornos.


Hanni Ossott

* * *

"Si encuentras la luz entre tu piel piensa que es aquella guarecida dentro del alma, con su corona de fuego blanco para el canto y para el paso hacia el círculo" 
¿Qué tiene la paz?
Mírate hacia dentro
y si descubres la luz
que no es la del sol, la de lámpara
exclamarás
¡Allí está el alma!
en esta oveja azul
que refleja al cielo
sobre los largos lagos de la tierra.
"A tientas, sobre el mundo, el hombre tropieza con cuerpos extraviados, calles que conducen a un precipicio de sombras. A ciegas, muy a lo lejos, una plaza desierta. Quien camina sabe que en algún recodo encontrará la palabra adecuada, la aún desconocida, impronunciable, la voz que retira el gesto del dolor.
La luz, entonces, es el instinto, el conocimiento de lo desconocido. En la sombra no hay eco que multiplique la sabiduría. Es "la luz del alma / que eres tú mismo", la que imprime sabiduría a la confusión.
La luz dora el yo, lo amasa, lo trasciende. Quien anda a ciegas, desconoce. Un poder extraordinario, no terrenal, habita donde crece la luz, del adentro humano, de las sombras iluminadas, sosegadas"


Elizabeth Schön / Luz oval 

Editorial Equinoccio Universidad Simón Bolívar / Colección Papiros Poesía, Caracas, 2007).









Jacqueline Goldberg, 

el temblor de la claridad 

Las manos de Jacqueline Goldberg por Andrea Sandoval (fotógrafa)

tratar de levantarse

a las seis

beber claridad

de caos y borra

De #SupuestosNegados


* * *


40

En junio y octubre la tierra no alcanza a beberse el néctar despiadado del cielo.

No se almuerza en el jardín, no hay paseos.

La intemperie no es resquicio

De #LasHorasClaras


* * *


(7:00 pm)

Ahora mismo apagaré la luz.

Intentaré un balance de mi alma.

En silencio me escucho.

En la osadía me desnombro.

Confieso que he padecido

alientos perversos.

De #DiaDelPerdón



Jacqueline Goldberg, escritora venezolana. Foto: Umar Timol

Hay una mujer


hay una mujer

destinada a la sombra

una mujer que como yo

repite sus rostros

en las grietas

de una calle sin nombre

ambas resistimos

a la mentira

de hacernos las buenas

las del árbol solo

colgamos el miedo y las ganas

y cuando nadie pregunta

cuando por fin

nos dejan sostener

raíces en los ojos

iniciamos el regreso

permitimos a extraños

adivinar lo que nos detiene


* * *


(Tarde. Otro año será)

Ato cabos,

veo que soy feliz.

¿Feliz?

-astuta palabra-.

No puedo quejarme, se ha dicho.

¿Y tú, Dios, te quejas de mí?

De #DiaDelPerdón


* * *


No hablen de huidas

no hablen de huidas

porque de ellas me hago

vuelvo intacta

al desastre natal

no saben

piel adentro

todo es puerta

agua

De #VerbosPredadores 


Si de noche ves que brillan

Si de noche ves que brillan,

titilantes, las estrellas,

No es que brillan:

Es que así se besan ellas.

Si una nube vierte perlas

no es que llora, es que sube;

es que sube y, en el aire,

siente el beso de otra nube.

Si en ti fijo la mirada

con ternura y embeleso,

no es que miro:

es que mi alma te da un beso.

Canta: @LaLauraGuevara

Anónimo venezolano, recopilado por el maestro Vicente Emilio Sojo.


Armando Rojas Guardia

Vivir poéticamente


La premisa de la que parten las palabras que voy a pronunciar hoy ante ustedes puede formularse de la manera siguiente: escribir poesía en muchos sentidos representa un hecho coyuntural y, hasta cierto punto, accidental; lo de verdad trascendente y crucial es vivir poéticamente.

En efecto, escribir poesía no le es dado a todos los seres humanos: ello depende de determinadas disposiciones psíquicas, de una específica historia individual y, en definitiva, de una circunscrita vocación. En cambio, todo hombre y mujer está llamado, por el solo hecho de serlo, a vivir poéticamente. Recordemos el precioso verso de Holderlin, del cual extrajo Heidegger una imperecedera lección filosófica: "poéticamente habita el hombre sobre la tierra".

Nadie negará que la palabra poeta constituye, en esta hora civilizatoria y en nuestro contexto nacional, una palabra devaluada. Vivimos dentro de una sociedad que se quiere a sí misma productivista y económicamente competitiva, regida por la entronización de la mercancía, en medio de la cual la palabra poética no es rentable, no se traduce en dividendos lucrativos, habla desde una esfera cualitativa que no se deja reducir a lo empíricamente cuantitativo y verificable, escapa de los alcances de la mera racionalidad instrumental y técnica. Pero, además, ¿cómo no va a ser marginal el poeta en un país que, pese a contar con una de las tradiciones líricas más importantes de la lengua española, paradójicamente no propicia, como paisaje existencial y cotidiano, estados profundos de conciencia donde se haga posible la experiencia poética?

No obstante, si el hombre y la mujer de esta hora y nacidos en este contexto societario no desean renunciar a las seriedad y la responsabilidad que implica la existencia humana (seriedad y responsabilidad incomprensibles para la cultura de la banalidad y el pasatiempo en la que hoy nos hallamos inmersos); si no optan por trivializar la vida, aunque sea grande la dosis de humor que quepa en ella, se hace indispensable que ellos −ese hombre y esa mujer− descubran, o eventualmente recuperen, la noción experiencial de lo que llamo vivir poéticamente, la cual es una categorización antropológica que excede la actividad vocacional de escribir poesía. Noción experiencial que me voy a permitir desglosar, de manera sintética y breve, ante ustedes.

Vivir poéticamente es vivir desde la atención: constituirse en un sólido bloque sensorial, psíquico y espiritual de atención ante toda la dinámica existencial de la propia vida, ante la expresividad del mundo, ante la sinfonía de detalles cotidianos en los que esa expresividad se concreta (ello implica un refinamiento orquestal de la vida de nuestros sentidos y un esfuerzo consciente por aquilatar nuestra percepción de los objetos que pueblan nuestro entorno).

La atención esta orgánicamente entrelazada con el evento físico, psíquico y espiritual de estar −consciente−. En una palabra, con el despertar. Una milenaria tradición religiosa identifica el despertar, el hecho de estar despierto, con el arranque mismo de la vida del espíritu. Tanto el budismo como el cristianismo son enfáticos en señalar el estado de vigilia como el símbolo más adecuado de ese momento existencial en el que se inicia, `para el hombre, la aventura de la conciencia. Todo consiste en despertar para siempre de la somnolencia maquinal y gregaria dentro de la cual pernocta la mayoría de los seres humanos. Es sabido que la palabra buda significa, en sáncristo, precisamente el despierto. Pero también en el evangelio de Marcos, en su capítulo 13, se lee: "¡Atención estén despiertos...!" (Mc 13,33). En el castellano peninsular la taxativa indicación evangélica (Mc, 14,38) ostenta una fuerza inusitada: "Velad". Despertar y velar constituyen, pues, tanto en la tradición budista como en la cristiana, el fruto obvio del esfuerzo espiritual por estar atentos al mundo. Porque, en efecto, la atención, como el primer eslabón de la existencia consciente, consiste ante todo en percibir la realidad que nos envuelve y de la que formamos parte en toda su prístina y concretísima verdad, deslastrada de los prejuicios, los estereotipos y clisés instalados en los más inapresables intersticios de nuestro propio psiquismo, los cuales nos vetan la posibilidad de conectarnos con la carne misma de la realidad, tal como ella resplandece desnudamente desde sí misma ante la atención acrisolada del hombre.

Después de asentada la denominada primera noble verdad, la de la omnipresencia universal del sufrimiento, el budismo postula la segunda, según la cual ese totalizante sufrimiento tiene como causas la ignorancia, el deseo y el apego. Esta ignorancia no es la de asuntos y cosas trascendentales, sino ante todo la de la realidad del mundo, tal como ella es y que sólo se devela a la percepción atenta.

Sabemos que la modernidad, al instaurar el predominio del valor de cambio sobre el valor de uso, ha convertido la carne concreta del mundo en una verdadera eidosfera donde los objetos pierden entidad, peso específico y consistencia para transformarse en meras mercancías intercambiables. Así, la relación con el cosmos se alambica y artificializa, se vuelve abstracta: nada hay más abstracto que el dinero. Además, el universo mental moderno gira en torno a la autonomía de la conciencia individual y, consecuentemente, a la entronización absolutizada de la autoconciencia. De esta forma dentro de la mentalidad moderna el mundo, lo que he nombrado la carne concreta del mundo se metamorfosea en el escenario cada vez más evanescente, cada vez más evaporado de esa avasalladora autoconciencia. Ni Edipo, ni Antígona, ni Orestes son personajes autoconscientes en el sentido y a la manera estentórea en que lo es, por ejemplo Hamlet. No resulta casual que Hamlet sea junto con El Quijote, El Don Juan y el Fausto, uno de los cuatro mitos básicos del mundo moderno. Esta hipertrofia de la autoconciencia, este exceso de lucidez hipercrítica, a los cuales se sacrifica la rotunda materialidad del universo, y nuestro contacto orgánico con ella, pueden y deben ser superados por aquella atención que nos despierta a la inmediatez de la realidad cósmica: la atención más y más adiestrada por el ejercicio consciente, que le prestamos a la evidencia deslumbrante de lo que nos rodea y envuelve, más allá de nuestras pantallas mentales afantasmadas por nuestra voluntad patológica de abstracción.

He querido hablarles con mayor detenimiento de esta primera caracterización de lo que entiendo es vivir poéticamente porque todas las demás brotan de ella y sin ella no se comprenden. Nunca insistiremos bastante en el hecho fundamental de que el vivir poético es un vivir atento. Como les dije hablaré seguidamente, y de modo mucho más breve, de las otras notas que para mí distinguen esta manera alternativa de vivir.

Vivir poéticamente es también vivir a la espera del momento inspirador, del instante denso, del minuto pletórico de vida en el que se rasgan los velos del entendimiento y accedemos a un estado cualitativamente superior de conciencia. El rapto inspirador que los griegos atribuían a la intervención divina de las musas, nos dice el gran helenista Walter Otto, propiciaba ante todo claridad espiritual. Ellas −las musas− hacían que el entendimiento permaneciera claro. Esa claridad del entendimiento, producida por el entusiasmo creador, era la primera puerta que franqueaba el canto, la poesía. No hace falta ser un poeta vocacional para conocer y paladear una súbita clarificación interior a través de la cual miramos al mundo con ojos vírgenes, como si lo viéramos por primera vez. Lo expresa espléndidamente Octavio Paz en El arco y la lira:

"A veces, sin causa aparente −o como decimos en español: porque sí− vemos de verdad lo que nos rodea (...) Todos los días cruzamos la misma calle o el mismo jardín; todas las tardes nuestros ojos tropiezan con el mismo muro rojizo, hecho de ladrillo y tiempo urbano. De pronto, un día cualquiera la calle da a otro mundo, el jardín acaba de nacer, el muro fatigado se cubre de signos. Nunca los habíamos visto y ahora nos asombra que sean así: tanto y tan abrumadoramente reales".

Estos momentos de epifanía son, por supuesto, gratuitos −es la misericordia de la realidad la que nos los otorga− pero el vivir poético busca conscientemente merecerlos preparándolos, entrenándose a sí mismo para recibirlos.

Vivir poéticamente es vivir la cotidianidad no como mero tiempo intercambiable y mecánico, sino como mistagogia, es decir como introducción paulatina y autopedagógica en el misterio. A un monje zen le preguntaron un día: "¿Qué es el zen? A lo cual él respondió: "Cargar la leña y cortar la grama". El Occidente moderno ha erigido la racionalidad administrativa y burocrática como la única vía de organizar la sociedad. Esa hegemonía de lo burocrático-administrativo, que nadie como Franz Kafka convirtió en imagen simbólica de la condición humana, ha traído como corolario que la vida cotidiana de nuestras ciudades se transforme en tiempo opaco y sin relieve, sea que lo vivamos de modo utilitario −como inversión crematística en forma de horas-hombre laborables−, o como diversión pascaliana sumergida muchas veces en el ruido, el ajetreo y el tumulto, en la vocinglería social enemiga del desarrollo interior, de la lenta maduración del alma. La cotidianidad que encara el hecho de vivir poéticamente, siendo mistagógica a la manera en que la vivía Teresa de Lisieux, evoca la del monje zen, quien carga la leña y corta la grama en el umbral permanente de la iluminación.

Vivir poéticamente es cultivar la dimensión simbólica de la conciencia, aprender a adiestrase más y más en una verdadera hermenéutica simbólica de la realidad, para la cual los objetos, las situaciones y los hechos son sacramentos que incesantemente remiten a un orden trascendente (se trata de la sacramentalidad de la realidad creada: los objetos, las situaciones y los hechos, empezando por los más cotidianos, sacramentalizan el orden y la belleza del universo: se vive poéticamente al captarlos de esa manera y encararlos así).

Vivir poéticamente es aprender a vivir estableciendo continuas relaciones analógicas entre los objetos aparentemente más disímiles y entre los más diversos órdenes y planos de la realidad: que el eje de toda la propia actividad psíquica sea esa permanente metaforización (detrás de ésta actúa como postulado ontológico la comprobación, ya postulada, establecida y estudiada por la física cuántica, de que el universo entero es una totalidad orgánica, de que todo está conectado con todo, de que todo interactúa con todo). Para enterarse de cómo funciona en la práctica un activo psiquismo metaforizador conviene leer y releer Las olas, de Virginia Woolf, y la poesía de Eliseo Diego.

Para finalizar, vivir poéticamente es vivir la propia vida como una obra de arte, es un vivir desde lo que clásicamente se denomina el arte de saber vivir. Es un vivir con arte, es vivir-se como el poema existencial y cotidiano que Dios nos posibilita hacer de nosotros mismos. En el Nuevo Testamento, específicamente en la "Carta a los Colosenses", se afirma que cada ser humano es "un poema de Dios". Vivir poéticamente es saberse tal. Y obrar en consecuencia.

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Conferencia dictada en la Universidad Metropolitana (UNIMET) el 16-10-2013.